Vivimos en una sociedad donde el tiempo parece tener que estar siempre lleno. Actividades, extraescolares, pantallas, estímulos constantes… Y en medio de todo ello, a muchos niños les cuesta algo tan sencillo —y tan necesario— como aburrirse.
Como madre, como maestra y desde mi experiencia acompañando a familias desde el enfoque de fortalezas positivas, lo veo cada día: hemos empezado a entender el aburrimiento como un problema, cuando en realidad es una oportunidad.

El aburrimiento no es vacío, es inicio
Cuando un niño dice “me aburro”, en realidad está abriendo una puerta. Una puerta a la creatividad, a la imaginación, a la iniciativa personal.
Desde la psicología del desarrollo, sabemos que los momentos sin estructura permiten activar procesos fundamentales como:
- La creatividad espontánea
- La resolución de problemas
- La autorregulación emocional
- El desarrollo de la autonomía
Autores como Winnicott ya hablaban de la importancia de los espacios no dirigidos, donde el niño puede “simplemente ser”. Y desde la pedagogía activa, se defiende que el juego libre —sin intervención constante del adulto— es clave en el desarrollo integral.
Ni sobreestimulación ni abandono: el equilibrio
No se trata de dejar al niño “sin nada”, pero tampoco de llenar cada minuto de su agenda.
Hoy en día vemos con frecuencia:
- Niños con tardes completamente estructuradas
- Poco tiempo de juego libre
- Dependencia constante del adulto o de pantallas para entretenerse
Y esto tiene consecuencias: baja tolerancia al aburrimiento, necesidad constante de estímulo externo y dificultad para generar ideas propias.
El aburrimiento bien acompañado no es abandono, es confianza.
¿Qué ocurre cuando un niño se aburre?
Al principio aparece la incomodidad. Después… ocurre la magia.
- Un cojín se convierte en una montaña.
- Una caja en una nave espacial.
- Un rato “sin nada” en una historia inventada.
Ese proceso es oro puro para su desarrollo. Estudios en psicología cognitiva señalan que los momentos de baja estimulación favorecen la activación de la llamada red neuronal por defecto, relacionada con la imaginación, la reflexión interna y la creatividad.

Ejemplos reales del día a día
- Un niño que dice “no sé a qué jugar” y, tras un rato, acaba creando una construcción con piezas olvidadas.
- Una tarde sin planes que termina en un teatro improvisado en el salón.
- Hermanos que, tras discutir por aburrimiento, encuentran una forma de jugar juntos.
Detrás de esos momentos hay algo muy valioso: han sido capaces de generarlo por sí mismos.
Pautas para acompañar el aburrimiento
1. No rescatar inmediatamente
Si dice “me aburro”, evita ofrecer soluciones rápidas. Devuélvele la responsabilidad:
“Seguro que se te ocurre algo.”
2. Reduce la sobrecarga de actividades
No todas las tardes necesitan estar ocupadas. El descanso también educa.
3. Limita el uso de pantallas como recurso automático
Si siempre hay una pantalla, no hay espacio para crear.
4. Ofrece materiales abiertos
Cajas, pinturas, bloques, telas… no juguetes que lo hagan todo por ellos.
5. Acepta el aburrimiento como parte del proceso
No es un problema que resolver, es una experiencia que atravesar.
6. Da ejemplo
Los adultos también necesitamos momentos de pausa, de no hacer nada.

Desde el aula… y desde casa
En el aula, los niños que están acostumbrados a jugar libremente suelen mostrar más iniciativa, más creatividad y mayor capacidad para resolver conflictos.
En casa, cuando dejamos espacio al aburrimiento, estamos diciendo algo muy poderoso:
“Confío en ti, en tu capacidad de crear, de pensar, de ser.”
Un mensaje para las familias
No tengamos miedo al “me aburro”. No es una señal de fracaso como padres. Es una invitación al crecimiento. Porque en esos momentos aparentemente vacíos…se construyen mentes curiosas, creativas y seguras.
Porque, en el fondo, aprender a aburrirse es aprender a estar con uno mismo. Y eso… es una de las habilidades más importantes para la vida.
AUTORAS: María Fanjul y Marisé Fanjul




